serme de gran utilidad a alguien que, como yo, ignoraba por completo los misterios de la caza de ballenas, aunque conocía bien la mar tal como la conocen los marinos mercantes.
Terminada su historia con la última y moribunda bocanada de su pipa, Queequeg me abrazó, presionó su frente contra la mía y, apagando la luz de un soplo, nos alejamos el uno del otro girando hacia un lado y hacia el otro, y muy pronto estábamos durmiendo.