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CXXIV

barco.

—Este-sud-este, señor —dijo el timonel, asustado.

—¡Mientes! —dijo, golpeándolo con el puño cerrado—. ¿Rumbo al este a estas horas de la mañana, y el sol a popa?

A esto, todas las almas quedaron perplejas; pues el fenómeno que Ahab acababa de observar había pasado desapercibido de manera inexplicable para todos los demás, pero su misma y cegadora evidencia debió de ser la causa.

Hundiendo la cabeza hasta la mitad en el habitáculo de la bitácora, Ahab alcanzó a echar un vistazo a las brújulas; su brazo levantado cayó lentamente; por un momento casi pareció tambalearse. De pie detrás de él, Starbuck miró y, ¡he aquí!, las dos brújulas señalaban al Este, y el Pequod iba indefectiblemente hacia el Oeste.

Mas antes de que la primera alarma salvaje pudiera cundir entre la tripulación, el viejo, con una risa rígida, exclamó: «¡Ya lo tengo! Ha sucedido antes. Señor Starbuck, el trueno de anoche desvió nuestras agujas... eso es todo. Ya habrás oído hablar de algo semejante alguna vez, supongo».

—Sí; pero jamás antes me había sucedido a mí, señor —dijo el pálido segundo con sombría actitud.

Aquí, es menester decirlo, accidentes como este han ocurrido en más de un caso a los barcos durante tormentas violentas. La energía magnética, tal como se manifiesta en la aguja del marinero, es, como todos saben, esencialmente la misma que la electricidad que se contempla en el cielo; de ahí que no deba causar gran maravilla que tales cosas sucedan.

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