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CXXIX

“¡Oh, buen amo, amo, amo!”

“¡Llora así, y te asesinaré! Ten cuidado, porque Ahab también está loco. Escucha, y a menudo oirás mi pie de marfil sobre la cubierta, y aun así sabrás que estoy allí. Y ahora te dejo. ¡Tu mano! —¡Unidas! Fiel eres, muchacho, como la circunferencia a su centro. Así: que Dios te bendiga por siempre; y si llega el caso —que Dios te salve por siempre, pase lo que pase”.

Ahab se va; Pip da un paso al frente.

“Aquí estuvo en este mismo instante; respiro su aire, pero estoy solo. Ahora, si tan solo el pobre Pip estuviera aquí, podría soportarlo, pero ha desaparecido. ¡Pip! ¡Pip! ¡Ta-tán, ta-tán, ta-tán! ¿Quién ha visto a Pip? Debe de estar aquí arriba; probemos la puerta. ¿Qué? Ni cerrojo, ni pestillo, ni barra; y, sin embargo, no hay forma de abrirla. Debe ser el hechizo; él me mandó que me quedara aquí: sí, y me dijo que esta silla atornillada era mía. Aquí, pues, me sentaré, contra el coronamiento, en la mismísima mitad del barco, con toda la quilla y los tres palos ante mí. Aquí, dicen nuestros viejos marineros en sus oscuros navíos de setenta y cuatro cañones, se sienten a veces a la mesa los grandes almirantes, pavoneándose ante hileras de capitanes y tenientes. ¡Ja! ¿Qué es esto? ¡Epoletas! ¡Epoletas! ¡Las epoletas se agolpan por todas partes! Pasad las botellas; me alegra veros; servidnos más, señores! ¡Qué sensación tan extraña, ahora, cuando un muchacho negro hace de anfitrión de hombres blancos con galones de oro en las chaquetas! —Señores, ¿habéis visto a un tal Pip? —un negrito de cinco pies de alto, aire cabizbajo y cobarde! Saltó de una ballenera una vez; —¿lo habéis visto? ¡No! Pues entonces, volved a llenar, capitanes, ¡y bebamos por la ignominia de todos los cobardes! No digo nombres. ¡Ignominia sobre

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