era ahora plenamente consciente de que, al hacerlo, se había expuesto indirectamente a la irrefutable acusación de usurpación; y con total impunidad, tanto moral como legal, su tripulación, de estar dispuesta a ello y capacitada para tal fin, podía negarle toda obediencia futura, e incluso arrebatarle violentamente el mando. De la más leve insinuación de usurpación, y de las posibles consecuencias de que tal impresión soterrada cobrara fuerza, Ahab tenía por supuesto que protegerse con sumo empeño. Esa protección solo podía consistir en su propio cerebro, corazón y mano dominantes, respaldados por una atención prudente y minuciosamente calculada a cada mínima influencia atmosférica a la que fuera posible someter a su tripulación.
Por todas estas razones, pues, y otras quizás demasiado analíticas para desarrollarlas verbalmente aquí, Ahab vio claramente que aún debía mantenerse en gran medida fiel al propósito natural y nominal del viaje del Pequod; observar todas las costumbres habituales; y no solo eso, sino obligarse a manifestar todo su bien conocido y apasionado interés en la búsqueda general de su profesión.
Sea todo esto como fuere, su voz se dejaba oír ahora a menudo llamando a los tres masteleros y amonestándoles que mantuvieran una atenta vigilia, y que no dejaran de avisar ni siquiera de una marsopa.
Esta vigilancia no tardó en verse recompensada.