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LX

cada viga, eje y rueda voladores os rozan. Es peor; pues no podéis permanecer inmóviles en el corazón de estos peligros, porque el bote se mece como una cuna y os zarandean de un lado a otro sin el menor aviso; y solo mediante una cierta flotabilidad autorregulada y una simultaneidad de voluntad y acción podéis evitar convertiros en un Mazeppa, y ser arrastrados a donde ni el sol omnividente lograría jamás descubriros.

De nuevo: así como la profunda calma que solo en apariencia precede y profetiza la tormenta, es tal vez más terrible que la tormenta misma; porque, en verdad, la calma no es sino el envoltorio y la cubierta de la tormenta; y la contiene en su seno, como el rifle en apariencia inofensivo guarda la pólvora fatal, y la bala, y la explosión; así el apuesto reposo de la línea, mientras serpentea silenciosa en torno a los remeros antes de entrar en juego efectivo⁠—esto es algo que encierra más verdadero terror que cualquier otro aspecto de este peligroso asunto.

Pero ¿para qué decir más?

Todos los hombres viven envueltos en líneas de ballena. Todos nacen con la soga al cuello; mas solo cuando los atrapa el giro rápido y repentino de la muerte, los mortales se percatan de los peligros silenciosos, sutiles y siempre presentes de la vida.

Y si eres filósofo, aunque estés sentado en la chalupa ballenera, no sentirías en lo hondo del corazón ni un ápice más de terror que si estuvieras sentado ante la lumbre del hogar con unas tenazas, y no un arpón, a tu lado.

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