Al oír los gritos indignados pero medio humorísticos con los que la gente de cubierta comenzó a alejar el ataúd, Queequeg, para consternación de todos, ordenó que el objeto le fuera llevado inmediatamente; y no hubo forma de negársele, dado que, de todos los mortales, algunos moribundos son los más tiránicos y, por cierto, ya que pronto habrán de molestarnos tan pouco para siempre jamás, hay que complacer a los pobrecitos.
Inclinado sobre su hamaca, Queequeg contempló largamente el ataúd con ojo atento. Luego pidió su arpón, hizo sacar el asta de madera y mandó colocar la parte de hierro en el ataúd junto con uno de los remos de su bote.
También por petición propia, se alinearon luego galletas alrededor de los costados en su interior: se colocó un frasco de agua fresca a la cabeza, y una pequeña bolsa de tierra leñosa recogida en la bodega a los pies; y, enrollándose un pedazo de lona de vela como almohada, Queequeg suplicó entonces que lo levantaran hasta su lecho final, para poder probar sus comodidades, si es que alguna tenía.
Se quedó yaciendo sin moverse unos pocos minutos, y luego le dijo a alguien que fuera a su bolsa y trajera a su pequeño dios, Yojo. Entonces, cruzándose de brazos sobre el pecho con Yojo en medio, pidió que le colocaran encima la tapa del ataúd (escotilla la llamaba). La parte de la cabeza giraba sobre una bisagra de cuero, y allí yacía Queequeg en su ataúd sin que se viera casi otra cosa que su apacible rostro.
«Rarmai» (servirá; es cómodo), murmuró por fin, e hizo señas para que lo devolvieran a su hamaca.
Pero antes de que esto se hiciera, Pip, que había estado rondando disimuladamente cerca todo este tiempo, se acercó a él allí donde yacía y, entre suaves sollozos, le tomó de la mano; mientras que con la otra sostenía su pandereta.