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LXXXVII

más de que las veloces ballenas le hubieran estado ganando terreno al barco, que regocijarse de que el barco le hubiera ganado tan victoriosamente terreno a los malayos. Pero, prosiguiendo la marcha tras la estela de los ballenas, a la postre parecieron mermar su velocidad; poco a poco el barco se les fue acercando; y amainando ya el viento, se dio la orden de saltar a los botes. Mas no bien la manada, por algún supuesto y maravilloso instinto del cachalote, tuvo noticia de las tres quillas que iban tras ella —aunque todavía a una milla de distancia en su zaga—, cuando volvió a reagruparse y, formándose en apretadas filas y batallones, de modo que todos sus surtidores parecían líneas destellantes de bayonetas apiladas, avanzó con velocidad redoblada.

Reducidos a nuestras camisas y calzoncillos, saltamos a los botes de fresno blanco, y después de remar durante varias horas estuvimos a punto de renunciar a la persecución, cuando una conmoción general y repentina entre las ballenas dio la animada señal de que al fin se hallaban bajo el influjo de esa extraña perplejidad de inerte indecisión que, cuando los pescadores la observan en la ballena, dicen que está gallied [aturdida]. Las compactas y marciales columnas en las que hasta entonces habían estado nadando rápida y firmemente, se desbandaron ahora en una derrota sin medida; y como los elefantes del rey Poro en la batalla india contra Alejandro, parecían volverse locas de consternación. Extendiéndose en todas direcciones en vastos círculos irregulares, y nadando sin rumbo de aquí para allá, con sus cortos y espesos soplos delataban claramente su pánico desorientado. Esto se manifestaba aún más extrañamente en aquellos ejemplares que, como completamente paralizados, flotaban sin remedio en el mar a la deriva, cual barcos anegados y desmantelados. De haber sido estos leviatanes un simple rebaño de ovejas, perseguidas por los prados por tres feroces lobos, no habrían podido mostrar un desmayo tan excesivo.

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