ballena sea tan recta como la paralela de un agrimensor, y aunque la línea de avance esté estrictamente confinada a su propia e inevitable estela rectilínea, la vena arbitraria por la que en esos momentos se dice que nada abarca por lo general unas pocas millas de anchura (más o menos, según se supone que la vena se expande o se contrae); pero nunca excede el campo visual desde los masteleros del ballenero, al deslizarse este prudentemente por esta zona mágica. El resultado es que, en estaciones determinadas, dentro de esa anchura y a lo largo de ese camino, se puede aguardar con gran confianza a las ballenas migratorias.
Y por eso, no solo en épocas determinadas, en cotaderos de pesca bien conocidos y separados, podía Ahab esperar encontrar a su presa; sino que, al cruzar las mayores extensiones de agua entre esos parajes, podía, gracias a su arte, situarse y calcular el tiempo en su ruta de tal modo que, incluso entonces, no carecía por completo de perspectivas de un encuentro.
Había una circunstancia que a primera vista parecía entorpecer su delirante pero aún metódica empresa. Pero tal vez no fuera así en la realidad.
Aunque los gregarios cachalotes tienen sus épocas regulares para determinadas zonas, en general no se puede deducir que las manadas que frecuentaron tal o cual latitud o longitud este año, digamos, resulten ser exactamente las mismas que se encontraban allí la temporada anterior; aunque existen casos particulares e indudables en los que se ha demostrado lo contrario.
En general, la misma observación, aunque dentro de un margen menos amplio, es aplicable a los solitarios y ermitaños entre los cachalotes adultos y maduros.
De modo que, aunque Moby Dick hubiera sido visto en un año anterior, por ejemplo, en el llamado banco de las Seychelles en el océano Índico, o