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LIV. La historia del *Town-Ho*

popularmente con el océano abierto. Pues, en su conjunto intercomunicado, esos grandes mares de agua dulce nuestros —el Erie, el Ontario, el Hurón, el Superior y el Míchigan— poseen una amplitud oceánica, con muchos de los rasgos más nobles del océano; con muchas de sus variedades de razas y de climas enmarcadas en sus riberas. Encierran archipiélagos redondos de islas románticas, tal como lo hacen las aguas polinésicas; en gran parte, están bordearon por dos grandes naciones contrastadas, al igual que el Atlántico; brindan largas rutas marítimas hacia nuestras numerosas colonias territoriales del Este, salpicadas por todas partes en sus orillas; aquí y allá se ven amenazados por baterías y por los cañones escarpados y caprinos del altivo Mackinaw; han escuchado los estruendos rotundos de victorias navales; de vez en cuando, ceden sus playas a salvajes bárbaros, cuyos rostros pintados de rojo destellan desde sus wigwams de pieles; legua tras legua están flanqueados por bosques antiguos e impenetrables, donde los pinos desgarbados se yerguen como filas apretadas de reyes en genealogías góticas; esos mismos bosques albergan fieras bestias africanas de presa y criaturas de sedosos pelajes cuyas pieles exportadas proporcionan mantos a los emperadores tártaros; reflejan las capitales adoquinadas de Buffalo y Cleveland, así como las aldeas winnebago; hacen flotar por igual al mercante de aparejo completo, al crucero armado del Estado, al vapor y a la canoa de haya; son barridos por ráfagas boreales y desmastadoras tan terribles como cualquiera de las que azotan la ola salada; saben lo que son los naufragios porque, fuera de la vista de tierra, por muy tierra adentro que estén, han ahogado a más de un barco a medianoche con toda su tripulación gritando. Así, caballeros, aunque de tierra adentro, Steelkilt había nacido en el océano salvaje y se había criado en el océano salvaje; tan marinero audaz como el que más. Y en cuanto a Radney, aunque en su infancia se hubiera recostado en la solitaria playa de Nantucket para mamar de su mar materno; aunque en su vida posterior hubiera navegado largamente por nuestro austero Atlántico y vuestro contemplativo Pacífico; aun así, era tan vengativo y dado a los pleitos

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