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CXIV

Los largos y vírgenes valles; las suaves colinas azules; mientras sobre ellos se desliza el silencio, el rumor; uno casi juraría que niños cansados de jugar yacen dormidos en estas soledades, en un alegre tiempo de mayo, cuando se cortan las flores de los bosques. Y todo esto se mezcla con tu estado de ánimo más místico; de modo que la realidad y la fantasía, encontrándose a mitad de camino, se interpenetran y forman un todo sin costuras.

Tampoco dejaron tales escenas apacibles, por muy temporales que fuesen, de surtir al menos un efecto igualmente temporal en Ahab.

Pero si estas secretas llaves de oro parecían abrir en su interior sus propios y secretos tesoros dorados, su aliento sobre ellas no demostró ser más que empañamiento.

¡Oh, praderas verdosas! ¡oh, paisajes siempre primaverales e interminables en el alma!; en vosotros —aunque resecados largo tiempo por la sequía muerta de la vida terrenal— en vosotros, los hombres aún pueden retozar, como potrillos en el trébol de una nueva mañana; y durante unos breves momentos fugitivos, sentir sobre sí el rocío fresco de la vida inmortal. Pluguiera a Dios que estas benditas bonanzas duraran. Pero los hilos entremezclados, entremezclándose, de la vida están tejidos por urdimbre y trama: bonanzas cruzadas por tormentas, una tormenta por cada bonanza. No hay un progreso firme e irreversible en esta vida; no avanzamos a través de gradaciones fijas para detenernos en la última: —a través del hechizo inconsciente de la infancia, la fe irreflexiva de la niñez, la duda de la adolescencia (el sino común), luego el escepticismo, luego la incredulidad, para descansar al fin en el reposo meditabundo del Si de la adultez. Pero una vez recorrido, volvemos a trazar el círculo; y somos infantes, muchachos, hombres y Sís eternamente.

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