pulmones curtidos cuando —mucho más cerca del barco que el lugar del chorro imaginario, a menos de una milla al frente— ¡Moby Dick irrumpió corpóreamente a la vista! Pues no mediante calmados e indolentes soplos; no por el apacible surtidor de aquella fuente mística en su cabeza reveló la Ballena Blanca su presencia; sino por el fenómeno mucho más prodigioso de la brecha. Elevándose con su máxima velocidad desde las profundidades más remotas, el cachalote lanza así todo su imponente volumen hacia el elemento puro del aire y, amontonando una montaña de espuma deslumbrante, señala su posición a una distancia de siete millas y más. En esos momentos, las olas desgarradas y furiosas que se sacude de encima parecen su melena; en ciertos casos, este salto es su acto de desafío.
«¡Allí sopló! ¡allí sopló!», fue el grito, mientras en sus immesurables bravatas la Ballena Blanca se lanzaba a los cielos a la manera de un salmón. Visto así de repente en la llanura azul