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XLVII. El fabricante de esteras

Esta urdimbre parecía la necesidad; y aquí, pensé, con mi propia mano muevo mi propia lanzadera y tejo mi propio destino en estos hilos inalterables.

Entre tanto, la espada impulsiva e indiferente de Queequeg, golpeando a veces la trama oblicuamente, o torcidamente, o con fuerza, o con debilidad, según se diera el caso; y produciendo con esta diferencia en el golpe final un contraste correspondiente en el aspecto definitivo del tejido completado; la espada de este salvaje, pensé, que así finalmente da forma y figura tanto a la urdimbre como a la trama; esta espada fácil e indiferente debe ser el azar⁠—sí, el azar, el libre albedrío y la necesidad⁠—en modo alguno incompatibles⁠—, todos tejiéndose y obrando juntos. La recta urdimbre de la necesidad, de la que no ha de desviarse en su curso último⁠—cada una de cuyas vibraciones alternas, en verdad, solo tiende a eso⁠—; el libre albedrío aún libre para mover su lanzadera entre hilos dados; y el azar, aunque limitado en su juego dentro de las líneas correctas de la necesidad, y orientado lateralmente en sus movimientos por el libre albedrío, aunque así condicionado por ambos, el azar gobierna a su turno a uno y otro, y da el golpe definitivo que configura los acontecimientos.

Así íbamos tejiendo y tejiendo cuando me sobresaltó un sonido tan extrañamente prolongado, musicalmente salvaje y sobrenatural, que el ovillo del libre albedrío se me cayó de las manos y me quedé mirando hacia las nubes de donde esa voz descendía como un ala. Allá arriba, en las crucetas, estaba aquel loco de Gay Head, Tashtego. Su cuerpo se inclinaba ansiosamente hacia delante, su mano se extendía como una varita, y a breves e imprevistos intervalos continuaba con sus gritos. Sin duda, ese mismo sonido tal vez se estuviera escuchando en ese preciso momento en todos los mares, desde los puestos de observación de cientos

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