¡Oh, inmortal infancia e inocencia del azul! ¡Criaturas aladas invisibles que retozáis a nuestro alrededor! ¡Dulce infancia del aire y del cielo! ¡Cuán ajenas estabais al enmarañado dolor del viejo Ahab!
Mas así he visto yo a la pequeña Miriam y a la pequeña Martha, duendecillas de ojos risueños, retozar sin cuidado en torno a su viejo progenitor; jugando con el círculo de mechones chamuscados que crecía en el borde de aquel cráter apagado de su cerebro.
Cruzando lentamente la cubierta desde la escotilla, Ahab se inclinó sobre la borda y observó cómo su sombra en el agua sehundía y se hundía ante su mirada, cuanto más y más se esforzaba por penetrar en la profundidad. Pero los deliciosos aromas de aquel aire encantado parecieron al fin disipar, por un momento, la cosa cancerosa en su alma. Ese aire alegre y feliz, ese cielo cautivador, al fin lo acariciaron y mimaron; el mundo madrastra, tanto tiempo cruel —prohibitivo—, le echaba ahora afectuosos brazos alrededor de su terco cuello, y parecía sollozar alegremente sobre él, como sobre alguien a quien, por muy obstinado y errado que fuera, todavía podía hallar en su corazón la manera de salvar y bendecir. Desde debajo de su sombrero caído, Ahab dejó caer una lágrima en el mar; ni todo el Pacífico contenía tanta riqueza como esa única y diminuta gota.
Starbuck vio al viejo; lo vio, cómo se inclinaba pesadamente por la borda; y le pareció oír en su propio corazón leal los sollozos desmedidos que se filtraban desde el centro de la serenidad circundante. Cuidando de no tocarlo, o de ser notado por él, aún así se le acercó y se quedó allí de pie.
Ahab se volvió.
“¡Starbuck!”
“Señor.”