Ahora bien, como esas pesquerías polares solo podían practicarse en el corto verano de aquel clima, de modo que toda la campaña de uno de esos balleneros holandeses, incluido el breve viaje de ida y vuelta al mar de Spitsbergen, no excedía mucho de tres meses, digamos, y calculando 30 hombres para cada una de sus 180 naves de la flota, tenemos en total 5.400 marineros bajorrinandeses; por lo tanto, digo, tenemos exactamente dos barriles de cerveza por hombre, como ración para doce semanas, sin contar su parte proporcional de aquellos 550 ankers de ginebra. Ahora bien, si estos arponeros de ginebra y cerveza, tan achispados como uno podría imaginarse que estaban, eran el tipo de hombres adecuado para pararse en la proa de un bote y apuntar bien a las ballenas en fuga, esto parecería un tanto improbable. Sin embargo, les apuntaban, y también les daban. Pero esto era muy al Norte, recuérdese, donde la cerveza sienta bien al organismo; en el Ecuador, en nuestra pesquería austral, la cerveza sería propensa a adormilar al arponero en el tope del palo y a entonarlo en su bote, y de ello podrían derivarse graves pérdidas para Nantucket y New Bedford.
Pero basta ya; se ha dicho lo suficiente para demostrar que los viejos balleneros holandeses de hace dos o tres siglos eran de buen comer; y que los balleneros ingleses no han descuidado tan excelente ejemplo.
Pues, según dicen, cuando se navega en un barco vacío, si no se puede sacar nada mejor del mundo, sáquese al menos una buena cena. Y esto vacía la botella.