El dardo
Una palabra acerca de un incidente del capítulo anterior.
Según la invariable costumbre de la pesca, el ballenero se aparta del barco con el arponero mayor o matador de ballenas como timonel provisional, y el arponero o fijador de ballenas remando en la bancada delantera, la conocida como bancada del arponero. Ahora bien, se necesita un brazo fuerte y nervioso para clavar el primer hierro en el pez; pues a menudo, en lo que se llama un lanzamiento largo, hay que arrojar el pesado aparejo a una distancia de veinte o treinta pies. Pero por muy prolongada y agotadora que sea la persecución, se espera que mientras tanto el arponero reme con todas sus fuerzas; es más, se espera que dé un ejemplo de actividad sobrehumana a los demás, no solo mediante un remar increíble, sino con repetidas y audaces exclamaciones a voz en grito; y lo que es gritar a pleno pulmón mientras todos los demás músculos están tensos y medio desencajados —lo que eso es, no lo sabe nadie salvo quienes lo han intentado. Por mi parte, no puedo chillar con muchas ganas y trabajar sin freno al mismo tiempo. En este estado de tensión y gritos, pues, con la espalda vuelta hacia el pez, de repente el agotado arponero oye el emocionante grito: «¡Ponte de pie y dáselo!». Ahora tiene que soltar y asegurar su remo, girar sobre su eje ciento ochenta grados, coger su arpon de la horquilla y, con las pocas fuerzas que le queden, intentar lanzárselo de alguna manera a la ballena.