Pero esta timidez ocasional es característica de casi todas las criaturas gregarias. Aunque se agrupen por decenas de miles, los búfalos de crines de león del Oeste han huido ante un jinete solitario. Véase también, en todos los seres humanos, cómo al agruperse en el redil de la platea de un teatro, ante la más mínima alarma de fuego, corren despavoridos hacia las salidas, amontonándose, atropellándose, atascándose y arrojándose sin piedad los unos a los otros hacia la muerte. Es mejor, por lo tanto, abstenerse de cualquier asombro ante las ballenas extrañamente aturdidas que tenemos delante, pues no hay insensatez en lasbestias de la tierra que no sea infinitamente superada por la locura de los hombres.
Aunque muchas de las ballenas, como se ha dicho, se agitaban violentamente, debe observarse que, en su conjunto, la manada ni avanzaba ni retrocedía, sino que permanecía colectivamente en un mismo lugar.
Como es costumbre en tales casos, los botes se separaron al instante, dirigiéndose cada uno hacia alguna ballena solitaria en las afueras del banco. En unos tres minutos, el arpón de Queequeg fue lanzado; el animal herido arrojó una estela cegadora de espuma a nuestros rostros y, huyendo con nosotros a la velocidad de la luz, se dirigió directo hacia el corazón de la manada.
Aunque un movimiento semejante por parte de una ballena atacada en tales circunstancias no carece en absoluto de precedentes, y de hecho casi siempre se prevé en mayor o menor medida, presenta sin embargo una de las más peligrosas vicisitudes de la pesca. Pues a medida que el veloz monstruo los arrastra cada vez más adentró en el frenético banco, uno se despide de la vida prudente y solo existe en un latido delirante.
Mientras, ciego y sordo, la ballena se precipitaba hacia adelante, como si mediante la pura fuerza de la velocidad quisiera librarse de la sanguijuela