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CXXVIII

tiempo, pero por otra parte, separados del ballenero durante las oscuras vicisitudes de la persecución, había habido otro hijo más; de modo que por un tiempo, el desdichado padre se vio sumido en el fondo de la más cruel perplejidad, la cual solo se resolvió para él cuando su primer oficial adoptó instintivamente el procedimiento ordinario de un ballenero en tales emergencias, esto es, cuando se halla entre botes en peligro pero divididos, recoger siempre primero a la mayoría. Pero el capitán, por alguna razón constitucional desconocida, se habíabstenido de mencionar todo esto, y no fue sino hasta que la frialdad de Acab lo forzó a ello cuando aludió a su único muchacho aún desaparecido; un chiquillo de apenas doce años, cuyo padre, con la fervorosa pero inquebrantable audacia del amor paternal de un natural de Nantucket, había querido iniciarle así tan pronto en los peligros y maravillas de una vocación que casi desde tiempos inmemoriales ha sido el destino de toda su estirpe. Tampoco es infrecuente que los capitanes de Nantucket envíen a un hijo de tan tierna edad lejos de su lado, en un prolongado viaje de tres o cuatro años en otro barco que no sea el suyo; para que su primer contacto con la carrera de ballenero no se vea debilitado por ninguna muestra eventual de la natural pero intempestiva parcialidad de un padre, ni por una indebida aprehensión y zozobra.

Mientras tanto, ahora el forastero seguía suplicando su pobre favor a Ahab; y Ahab seguía en pie como un yunque, recibiendo cada golpe, pero sin el menor temblor propio.

—No iré —dijo el desconocido—, hasta que me digas que sí. Haz conmigo lo que querrías que yo hiciera contigo en un caso semejante. Pues tú también tienes un muchacho, capitán Ahab —aunque apenas un niño, y acurrucado a salvo en su casa ahora—, ¡y un hijo de tu vejez también! Sí, sí, cedes; ya lo veo— ¡Corred, corred, muchachos, y preparaos para cuadrar las perchas!

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