El Carpintero
Siéntate sultanicamente entre las lunas de Saturno, y toma al hombre elevado y abstraído en solitario; y parece una maravilla, una grandeza y una desdicha.
Pero desde ese mismo punto, toma a la humanidad en masa, y en su mayor parte, parecen una muchedumbre de duplicados innecesarios, tanto contemporáneos como hereditarios.
Pero por muy humilde que fuera, y lejos de ofrecer un ejemplo de la elevada abstracción humana; el carpintero del Pequod no era ningún duplicado; de ahí que ahora aparezca en persona sobre este escenario.
Como todos los carpinteros de ribera, y más especialmente los pertenecientes a buques balleneros, él era, en cierto grado práctico y expeditivo, igualmente versado en numerosos oficios y profesiones colaterales a la suya; siendo la carpintería el tronco antiguo y ramificado de todas esas numerosas artesanías que, en mayor o menor medida, tienen que ver con la madera como material auxiliar. Pero, además de aplicársele la observación genérica anterior, este carpintero del Pequod era singularmente eficiente en esos mil innominados apuros mecánicos que surgen continuamente en un gran barco, en un viaje de tres o cuatro años, por mares incivilizados y lejana distancia. Pues, por no hablar de su presteza en las labores ordinarias: —reparar botes destrozados, palos agrietados, rediseñar la forma de remos de palas torpes, colocar ojos de buey en la cubierta o nuevos pasadores de madera en los tablones del costado, y otros asuntos diversos más directamente relacionados con su