posible con un tiempo bastante desapacible—, el barco continuó sus cruceros, trabajando los marineros en las bombas a intervalos amplios y desahogados; mas la buena suerte no llegó; pasaron más días, y no solo la vía de agua seguía sin ser descubierta, sino que aumentó de manera perceptible. Tanto es así que, alarmado ya un poco, el capitán, desplegando todo el velamen, puso rumbo hacia el puerto más cercano entre las islas, para allí carenar y reparar su casco.
Aunque no le aguardaba una travesía corta, con tal de que la más común de las suertes la favoreciera, él no temía en absoluto que su embarcación zozobrase en el camino, porque sus bombas de achique eran de primera y, al relevarse periódicamente en ellas, aquellos treinta y seis hombres suyos podían mantener fácilmente el barco a flote, sin importar que la vía de agua llegara a duplicarse.
A decir verdad, habiendo estado acompañada casi toda esta travesía por vientos muy favorables, el Town-Ho habría llegado con casi absoluta seguridad y en perfecto estado a su puerto sin que ocurriera la menor desgracia, de no haber sido por la brutal tiranía de Radney, el segundo, oriundo de Vineyard, y por la venganza implacablemente provocada de Steelkilt, un hombre de los Grandes Lagos y rufián procedente de Búfalo.
—«¿Lakeman!—¡Buffalo! Por favor, ¿qué es un Lakeman ydónde queda Buffalo?», dijo don Sebastián, incorporándose en su estera de hierba colgada.
“En la ribera oriental de nuestro lago Erie, don; pero —os ruego vuestra indulgencia—, tal vez pronto oiréis más sobre todo eso. Ahora bien, caballeros, en bergantines de velas cuadradas y naves de tres palos, casi tan grandes y robustas como cualquiera de las que hayan zarpado jamás de vuestro viejo Callao hacia la lejana Manila; este navegante de lagos, en el corazón mediterráneo de nuestra América, había sido criado no obstante bajo todas aquellas impresiones de bandidaje agrario que se asocian