En medio de esta consternación, Queequeg cayó diestramente de hrodillas, y gateando bajo la trayectoria de la botavara, se aferró ágilmente a un cabo, aseguró un extremo a las amuradas y, arrojando luego el otro como un lazo, lo atrapó alrededor de la botavara en cuanto pasó zumbando sobre su cabeza; al siguiente tirón, el pescante quedó así atrapado y todo estuvo a salvo.
La goleta se puso al viento, y mientras los marineros preparaban el bote de la popa, Queequeg, desnudo de cintura para arriba, se lanzó desde la borda con el largo y vivo arco de un salto.
Durante tres minutos o más se le vio nadar a perro, lanzando sus largos brazos bien estirados al frente, y dejando ver por turnos sus fornidos hombros entre la espuma helada.
Miré a aquel grandioso y magnífico individuo, pero no vi a nadie a quien salvar. El novato se había ido a pique.
Disparándose perpendicularmente fuera del agua, Queequeg echó ahora una rápida mirada a su alrededor y, pareciendo comprender exactamente cómo estaba la situación, se sumergió y desapareció.
Unos minutos más, y volvió a salir a flote, con un brazo todavía braceando y con el otro arrastrando un cuerpo sin vida. El bote no tardó en recogerlos. El pobre paleto fue revivido.
Todos los tripulantes votaron que Queequeg era un as formidable; el capitán le pidió perdón. Desde aquella hora me aferré a Queequeg como una barnacla; sí, hasta que el pobre Queequeg dio su último y definitivo chapuzón.
¿Existió jamás semejante inconsciencia? No parecía pensar en absoluto que mereciera una medalla de las Sociedades Humanitarias y Magnánimas. Solo pidió agua —agua fresca—, algo con qué quitarse la