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LIV. La historia del *Town-Ho*

Dejando por fin la bomba, junto con el resto de su cuadrilla, el hombre del lago se fue hacia proa todo jadeante, y se sentó en el molinete; con el rostro rojo como el fuego, los ojos inyectados en sangre y secándose el sudor profuso de la frente.

Ahora bien, qué demonio embaucador fue, caballeros, el que poseyó a Radney para meterse con un hombre así en ese estado de exasperación corporal, no lo sé; pero así sucedió. Caminando con intolerables zancadas por la cubierta, el segundo oficial le ordenó que fuera por una escoba y barriera los tablones, y también por una pala, para retirar unos desperdicios desagradables consecuentes de haber dejado andar suelto a un cerdo.

—Ahora bien, caballeros, barrer la cubierta de un barco en alta mar es una faena doméstica a la que, excepto en los temporales furiosos, se dedica uno regularmente todas las tardes; se sabe que se ha hecho incluso en barcos que se estabanendo a pique en ese mismo momento.

Tal es, caballeros, la inflexibilidad de los usos marineros y el amor instintivo a la pulcritud en los marinos, algunos de los cuales no querrían ahogarse de buena gana sin antes lavarse la cara.

Pero en todas las embarcaciones este asunto de la escoba es la jurisdicción prescrita para los grumetes, si es que los hay a bordo.

Además, en el Town-Ho habían sido los hombres más fuertes los divididos en cuadrillas, turnándose en las bombas; y siendo el marino más atlético de todos ellos, a Steelkilt se le había asignado regularmente la capitanía de una de las cuadrillas; por consiguiente, debería haber estado exento de cualquier asunto trivial no relacionado con deberes verdaderamente náuticos, tal como ocurría con sus camaradas.

Menciono todos estos detalles para que podáis entender exactamente cómo estaba este asunto entre los dos hombres.

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