Al primer y más tenue resplandor del alba, se oyó su voz de hierro desde la popa: «¡A los masteleros!», y durante todo el día, hasta después de la puesta del sol y del crepúsculo, la misma voz, cada hora, al dar la campana el timonel, se dejaba oír: «¿Qué veis? ¡Listos! ¡Listos!».
Pero cuando hubieron pasado tres o cuatro días desde el encuentro con la Rachel, que andaba en busca de sus hijos, y aún no se había avistado ningún soplo, el viejo monomaníaco pareció desconfiar de la lealtad de su tripulación; al menos, de casi todos, excepto de los arponeros paganos; parecía dudar incluso de si Stubb y Flask no pasarían por alto voluntariamente el avistamiento que él buscaba. Pero si estas sospechas eran realmente suyas, se abstuvo sagazmente de expresarlas con palabras, por más que sus acciones parecieran insinuarlas.
—Yo seré el primero en avistar a la ballena —dijo—. ¡Sí! ¡Ahab ha de tener el doblón!, y con sus propias manos preparó un nido de bolinas entrelazadas; y enviando a un marinero a lo alto, con un motón de una sola roldana para asegurarlo al tope del palo mayor, recibió los dos extremos del cabo pasado por él; y atando uno a su cesta, preparó una clavija para el otro extremo, con el fin de asegurarlo en la borda. Hecho esto, con ese extremo aún en la mano y de pie junto a la clavija, miró a su tripulación, barriendo con la vista de uno a otro; deteniendo su mirada largo rato en Daggoo, Queequeg, Tashtego; pero esquivando a Fedallah; y posando luego su mirada firme y confiada en el primer oficial, dijo: —Tome el cabo, señor; lo pongo en sus manos, Starbuck. Luego, acomodándose en la cesta, dio la orden de