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Caballeros y escuderos

Lo que tal vez, entre otras cosas, hacía de Stubb un hombre despreocupado y sin miedo, que avanzaba alegremente cargando con el peso de la vida en un mundo lleno de vendedores serios, todos doblados hasta el suelo con sus fardos; lo que contribuía a forjar ese su humor casi impío; eso debió de ser su pipa.

Pues, al igual que su nariz, su corta y pequeña pipa negra era uno de los rasgos habituales de su rostro. Casi cabría esperar que saliera de la litera sin la nariz antes que sin la pipa.

Conservaba toda una hilera de pipas allí, ya cargadas, metidas en un casillero al alcance de la mano; y, cada vez que se acostaba, se las fumaba todas seguidas, encendiendo una con otra hasta el final de la sesión; y luego las volvía a cargar para tenerlas listas de nuevo.

Pues, cuando Stubb se vestía, en vez de meter primero las piernas en los pantalones, se metía la pipa en la boca.

Digo que este continuo fumar debió de ser una de las causas, al menos, de su peculiar carácter; pues todos saben que este aire terrenal, ya sea en tierra o en el mar, está terriblemente infectado por las miserias sin nombre de los innumerables mortales que han muerto exhalándolo; y así como en tiempo de cólera la gente anda con un pañuelo alcanforado en la boca; del mismo modo, contra todas las tribulaciones mortales, el humo del tabaco de Stubb pudo haber actuado como una especie de agente desinfectante.

El tercer oficial era Flask, oriundo de Tisbury, en Martha’s Vineyard. Un joven bajito, fornido y rubicundo, muy belicoso con respecto a las ballenas, que de algún modo parecía pensar que los grandes leviatanes lo habían ofendido personal y hereditariamente; y por lo tanto era para él una cuestión de honor destruirlos siempre que los encontraba. Tan del todo perdido estaba en cuanto a cualquier sentido de reverencia por las muchas maravillas de su mole majestuosa y sus formas místicas; y

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