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XIII. Carretilla

talones y cascos esclavos—, y me volví para admirar la magnanimidad del mar, que no tolera registros!

En la misma fuente de espuma, Queequeg parecía beber y tambalearse conmigo. Sus oscuras fosas nasales se dilataron; mostró sus dientes limados y puntiagudos.

Adelante, adelante volábamos; y una vez ganado mar adentro, el Moss rindió homenaje a la ráfaga; agachó y sumergió la proa como un esclavo ante el Sultán. Inclinados de lado, nos lanzamos de lado; cada cabo vibrando como un alambre; los dos altos mástiles combándose como cañas indias en los tornados de tierra.

Tan embebidos estábamos en aquella escena vertiginosa, parados junto al proel botalón, que durante un buen rato no advertimos las miradas burlonas de los pasajeros, un conjunto de patanes que se maravillaban de que dos seres semejantes congeniasen tanto; como si un hombre blanco fuera algo más digno que un negro blanqueado con cal.

Pero había por allí algunos tontos y palurdos que, por su intensa inmadurez, debían de venir del corazón y centro de toda verdura. Queequeg pilló a uno de estos jóvenes renuevos imitándolo a sus espalda. Creí que le había llegado la hora fatídica al palurdo.

Dejando caer su arpón, el fornido salvaje lo tomó en brazos y, con una destreza y fuerza casi milagrosas, lo lanzó bien alto por los aires; luego, dándole una ligera palmada en el trasero en pleno salto mortal, el tipo aterrizó con los pulmones reventados sobre sus pies, mientras Queequeg, dándole la espalda, encendía su pipa hacha y me la pasaba para que le diera una bocanada.

—¡Capitán! ¡Capitán! —gritó el paleto, corriendo hacia dicho oficial—; ¡Capitán, capitán, aquí está el diablo!

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