El Funeral
“¡Cobren las cadenas! ¡Dejen ir la res a la popa!”
Los enormes aparejos ya han cumplido con su deber. El cuerpo blanco y desollado de la ballena decapitada reluce como un sepulcro de mármol; aunque ha cambiado de tono, no ha perdido perceptiblemente nada de su volumen. Sigue siendo colosal.
Lentamente se aleja cada vez más flotando, con el agua a su alrededor desgarrada y salpicada por los tiburones insaciables, y el aire por encima acosado por rapaces vuelos de aves chillonas, cuyos picos son como otros tantos puñales insultantes clavados en la ballena.
El inmenso fantasma blanco y sin cabeza flota cada vez más lejos del barco, y a cada vara que así flota, lo que parecen varas cuadradas de tiburones y varas cúbicas de aves aumentan el estruendo asesino.
Durante horas y horas, desde el barco casi inmóvil, se contempla esa visión espantosa. Bajo el cielo azul, templado y sin nubes, sobre la hermosa superficie del mar apacible, llevado por las brisas alegres, esa gran masa de muerte sigue flotando y flotando hasta perderse en infinitas perspectivas.
¡He aquí un entierro de lo más fúnebre y de lo más burlón! Los buitres marinos, todos de piadoso luto; los tiburones del aire, todos puntillosamente de negro o con motas. En vida, creo yo, pocos de ellos habrían ayudado a la ballena, por si acaso lo hubiera necesitado; pero sobre el banquete de su funeral se abalanzan