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LXV

En el caso de un pequeño Cachalote, los sesos se consideran un plato exquisito. La caja del cráneo se abre a hachazos, y tras extraer los dos lóbulos regordetes y blanquecinos (que se parecen exactamente a dos grandes budines), se mezclan con harina y se preparan en un guiso delicioso, cuyo sabor recuerda un poco al de la cabeza de ternera, un manjar muy apreciado por algunos gastrónomos; y todo el mundo sabe que ciertos jóvenes elegantes entre los gastrónomos, al cenar continuamente sesos de ternera, acaban por adquirir un poco de sesos propios, hasta el punto de saber distinguir una cabeza de ternera de la suya propia; lo cual, en verdad, requiere una discriminación poco común.

Y esa es la razón por la cual un joven elegante con una cabeza de ternera de aspecto inteligente ante sí, es de algún modo uno de los espectáculos más tristes que se pueden contemplar. La cabeza lo mira con una especie de reproche, con una expresión de «¡Et tu, Brute!».

No es, tal vez, enteramente porque la ballena sea tan sumamente unctuosa por lo que los hombres de tierra firme parecen considerar su consumo con repugnancia; eso parece resultar, de algún modo, de la consideración antes mencionada: a saber, que un hombre se coma una criatura marina recién asesinada, y se la coma además a la luz de su propio aceite. Pero no cabe duda de que el primer hombre que asesinó a un buey fue considerado un asesino; tal vez lo ahorcaron; y si lo hubieran juzgado los bueyes, sin duda lo habrían hecho; y sin duda se lo merecía si es que algún asesino lo merece. Id al mercado de la carne un sábado por la noche y ved a las multitudes de bípedos vivos mirando boquiabiertos las largas filas de cuadrúpedos muertos. ¿Acaso esa visión no le quita un diente de la boca al caníbal? ¿Caníbales? ¿Quién no es un caníbal? Os digo que le irá más tolerable al fiyi que saló a un misionero flaco en su sótano para una inminente

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