Pero tú dices, me parece, que ese capítulo de albayalde sobre la blancura no es más que una bandera blanca izada por un alma cobarde; te rindes ante la hipocondría, Ismael.
Dime, ¿por qué este potro fuerte y joven, parido en algún apacible valle de Vermont, muy alejado de toda bestia de presa—por qué en el día más soleado, con solo agitar una frazada de bisonte nueva a sus espaldas, de modo que ni siquiera pueda verla, sino que solo huela su almizcle silvestre de animal—, por qué se sobresaltará, resoplará y, con los ojos desorbitados, escarbará el suelo en un frenesí de espanto?
No hay en él ningún recuerdo de cornadas de criaturas salvajes en su verde hogar norteño, de modo que el extraño almizcle que huele no puede evocarle nada asociado con la experiencia de peligros pasados; pues, ¿qué sabe él, este potro de Nueva Inglaterra, de los bisontes negros del lejano Oregón?
No: mas aquí contemplas, aun en un mudo bruto, el instinto del conocimiento del demonismo en el mundo. Aunque a millares de millas de Oregón, aún cuando huele ese almizcle salvaje, las manadas de bisontes que desgarran y acornean están tan presentes como para el desamparado potrillo silvestre de las praderas, que en este preciso instante pueden estar reduciendo a polvo bajo sus pezuñas.