Al bramar esto, se abalanzó sobre Bildad, pero con una maravillosa y oblicua celeridad deslizante, Bildad, por esta vez, lo esquivó.
Alarmado por este terrible altercado entre los dos principales y responsables propietarios del barco, y sintiendo la tentación de abandonar toda idea de navegar en una embarcación de tan dudosa propiedad y provisoriamente comandada, me hice a un lado de la puerta para darle salida a Bildad, quien, no me cabía duda, estaba deseoso de desaparecer ante la ira desatada de Peleg.
Pero, para mi asombro, volvió a sentarse en el banco muy tranquilamente, y no parecía tener la menor intención de retirarse. Parecía estar más que acostumbrado al impenitente Peleg y a sus maneras. En cuanto a Peleg, tras descargar su furia de aquel modo, parecía no quedarle más enojo dentro, y él también se sentó como un cordero, aunque se estiraba un poco como si aún estuviera nervioso.
«¡Uf! —silbó al fin—, creo que el chubasco se ha ido a sotavento. Bildad, tú solías ser bueno afilando una lanza, afila esa pluma, por favor. Mi navaja necesita la piedra de amolar. Eso es; gracias, Bildad. Y bien, joven, Ishmael es tu nombre, ¿no dijiste? Pues entonces, firma aquí, Ishmael, por la parte trescientas».
—Capitán Peleg —le dije—, tengo un amigo conmigo que también quiere embarcarse; ¿lo traigo mañana?
—Sin duda —dijo Peleg—. Traélo para acá y lo veremos.
—¿Qué salmo quiere? —gino Bildad, levantando la vista del libro en el que había vuelto a sumergirse.