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CXXVI

—Traedlo arriba; no queda otra alternativa —dijo Starbuck tras una melancólica pausa—. Prepara eso, carpintero; no me mires así—el ataúd, digo. ¿Me oyes? Prepáralo.

“¿Y clavo la tapa, señor?”, moviendo la mano como si tuviera un martillo.

—Sí.

“¿Y calafateo las juntas, señor?”, moviendo la mano como si empuñara un hierro de calafatear.

—Sí.

“¿Y he de embreadlo entonces con pez, señor?”, moviendo la mano como si tuviera un pote de brea.

“¡Fuera de aquí! ¿Qué te impulsa a esto? Haz un salvavidas del ataúd, y nada más. —Señor Stubb, señor Flask, vengan conmigo adelante”.

“Se va hecho una furia. El conjunto lo tolera; a las partes les hace ascos. Ahora bien, esto no me gusta. Le hago una pierna al capitán Ahab, y él la lleva como un caballero; pero le hago una sombrerera a Queequeg, y no hay manera de que meta la cabeza en ella. ¿Van a echarse a perder todos mis esfuerzos con ese ataúd? Y ahora se me ordena hacer un salvavidas con él. Es como darle la vuelta a un viejo abrigo; ahora va a tocar poner la carne por el otro lado. No me gusta este género de chapucería; no me gusta en absoluto; es indigno; no es mi cometido. Que los mocosos de los caldereros hagan chapuzas; nosotros somos superiores a ellos. A mí no me gusta emprender otra cosa que no sean trabajos limpios, vírgenes, francos y matemáticos, algo que empiece regularmente por el principio, que esté a mitad de camino cuando vaya por la mitad, y que llegue a su fin en la conclusión; no el trabajo de un zapatero remendón, que tiene su fin en la mitad y su principio en el final.

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