un cartel que diga: «No se permiten suicidios aquí, y prohibido fumar en el salón»!; así mato dos pájaros de un tiro. ¿Matado? ¡Que el Señor sea misericordioso con su alma! ¿Qué ruido es ese de ahí? ¡Tú, joven, alto
Y corriendo detrás de mí, me alcanzó justo cuando intentaba de nuevo abrir la puerta a la fuerza.
«No lo consiento; no toleraré que me estropeen la propiedad. Vaya a buscar al cerrajero, hay uno a una milla de aquí. ¡Pero alto! —metiendo la mano en el bolsillo del costado—, aquí hay una llave que encajará, supongo; vamos a ver». Y con eso, la dio vuelta en la cerradura; pero, ¡ay!, el cerrojo suplementario de Queequeg seguía echado por dentro.
—Tengo que abrirla a la fuerza —dije, y ya me disponía a correr un poco por el pasillo para tomar buen impulso, cuando la dueña de la pensión me agarró de nuevo, jurando otra vez que no iba a destrozarle el local; pero me arranqué de sus manos y, con un repentino impulso corporal, me estrellé de lleno contra la marca.
Con un ruido prodigioso la puerta se abrió de par en par, y el picaporte, al estrellarse contra la pared, hizo saltar el yeso hasta el techo; y allí, ¡cielo santo!, allí estaba Queequeg, de lo más fresco y dueño de sí mismo; justo en mitad de la habitación; en cuclillas, y sosteniendo a Yojo en la coronilla. No miraba ni a un lado ni a otro, sino que estaba sentado como una imagen tallada, apenas con un indicio de vida activa.
—Queequeg —le dije, acercándome a él—, Queequeg, ¿qué te pasa?
—No ha estado sentado así todo el día, ¿verdad? —dijo la dueña de la pensión.
Pero por más que le dijimos, ni una palabra pudimos arrancarle; casi daban ganas de empujarlo para cambiarlo de postura, pues resultaba casi