Sobresaltado de su letargo por aquel grito espantoso, Jonás se pone en pie tambaleándose y, tropezando hacia la cubierta, se aferra a un obenque para mirar el mar. Pero en ese momento le salta encima una ola-pantera que brinca sobre las bordas. Ola tras ola salta así al barco y, al no hallar rápida salida, corre rugiendo de proa a popa, hasta que los marineros poco menos que se ahogan mientras aún flotan. Y siempre, cuando la pálida luna muestra su rostro espantoso desde los profundos abismos en la negrura de lo alto, horrorizado Jonás ve el encumbrado bauprés apuntando muy alto hacia el cielo, pero pronto abatido de nuevo hacia el abismo atormentado.
Terror tras terror corre gritando por su alma. En todas sus actitudes encogidas, el fugitivo de Dios es ahora demasiado claramente conocido. Los marineros lo observan; cada vez son más ciertas sus sospechas sobre él, y al fin, para poner a prueba la verdad por completo, remitiendo todo el asunto al alto Cielo, se ponen a echar suertes para ver por culpa de quién ha caido sobre ellos esta gran tempestad.
La suerte recae en Jonás; una vez descubierto esto, con cuánta furia lo abruman a preguntas.
«¿Cuál es tu ocupación? ¿De dónde vienes? ¿Tu país? ¿Qué pueblo?».
Pero fijaos ahora, compañeros míos, en el comportamiento del pobre Jonás. Los ávidos marineros solo le preguntan quién es y de dónde es; en cambio, no solo reciben respuesta a esas preguntas, sino también otra respuesta a una pregunta que no le habían hecho, pues la respuesta espontánea es arranca de Jonás por la dura mano de Dios que está sobre él.