hombre con larga experiencia en lo que a esa especie se refiere, declara que no tiene equivalente en la naturaleza.
Pero el remate de toda esta disparatada empresa estaba reservado al científico Frederick Cuvier, hermano del famoso Barón. En 1836, publicó una Historia natural de las ballenas, en la que ofrece lo que él llama una ilustración del cachalote. Antes de mostrarle esa imagen a cualquier nantucketense, más vale que asegures tu rápida retirada de Nantucket. En una palabra, el cachalote de Frederick Cuvier no es un cachalote, sino una calabaza. Por supuesto, él jamás disfrutó de las ventajas de un viaje ballenero (esos hombres rara vez las tienen), pero ¿de dónde sacó semejante estampa, quién puede decirlo? Tal vez la obtuvo del mismo modo en que su predecesor científico en el mismo campo, Desmarest, consiguió uno de sus auténticos abortos artísticos; esto es, de un dibujo chino. Y qué clase de alegres muchachos con el lápiz son esos chinos, nos lo informan muchas tazas y platitos estrambóticos.
En cuanto a las ballenas de los pintores de rótulos que se ven en las calles colgando sobre las tiendas de los tenderos de aceite, ¿qué se puede decir de ellas? Son por lo general ballenas de Ricardo III, con jorobas de dromedario y muy feroces; que desayunan a base de tres o cuatro tartas de marinero, es decir, botes balleneros repletos de marineros: sus deformidades chapoteando en mares de sangre y pintura azul.
Pero estos múltiples errores al representar a la ballena no son en realidad tan sorprendentes después de todo. > ¡Consideradlo! La mayoría de los dibujos científicos se han tomado de peces encallados; y estos son tan correctos como lo sería el dibujo de un buque naufragado, con la quilla rota, para representar fielmente al noble animal en todo el intacto orgullo de su casco y su aparejadura. Aunque los elefantes han posado para sus retratos de cuerpo entero, el Leviatán vivo jamás se ha dejado flotar debidamente para su retrato.