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XLIX. La hiena

famoso por su gran prudencia en la pesca; teniendo en cuenta que yo pertenecía al bote de este inusualmente prudente Starbuck; y finalmente teniendo en cuenta en qué persecución demoníaca estaba metido, en lo que respecta a la Ballena Blanca: sopesándolo todo, digo, pensé que bien podía bajar a lauta y hacer un borrador de mi testamento. —Queequeg —le dije—, ven, serás mi abogado, albacea y legatario.

Puede parecer extraño que, de todos los hombres, los marineros se anden entreteniendo en redactar sus últimas voluntades y testamentos, pero no hay gente en el mundo más aficionada a ese pasatiempo.

Esta era la cuarta vez en mi vida náutica que hacía tal cosa. Una vez concluida la ceremonia en esta ocasión, me sentí mucho más tranquilo; me quitaron un peso de encima.

Además, todos los días que me quedara por vivir serían tan buenos como los días que Lázaro vivió tras su resurrección; una ganancia neta suplementaria de tantos meses o semanas, según el caso. Sobreviví a mí mismo; mi muerte y mi entierro estaban bajo llave en mi cofre. Miré a mi alrededor con tranquilidad y contento, como un fantasma apacible con la conciencia tranquila sentado entre las rejas de un acogedor panteón familiar.

Bien, pensé, arremangándome inconscientemente la levita, allá voy a lanzarme de cabeza, con frescura y sangre fría, hacia la muerte y la destrucción, y que el diablo se lleve al último.

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