«Supongo que ese tal Quohog no sabe escribir, ¿verdad? ¡Oye, Quohog, maldita sea! ¿Firmas con tu nombre o pones tu
Pero ante esta pregunta, Queequeg, que dos o tres veces antes había tomado parte en ceremonias similares, no pareció en absoluto desconcertado; sino que, tomando la pluma ofrecida, copió en el papel, en el lugar correspondiente, la exacta réplica de una extraña figura redonda que tenía tatuada en el brazo; de modo que, debido al terco error del capitán Peleg en cuanto a su apelativo, aquello quedó más o menos así:—
Quohog. su marca.
Mientras tanto, el capitán Bildad estuvo mirando a Queequeg con seriedad y fijeza y, al fin, levantándose solemnemente y rebuscando en los enormes bolsillos de su casaca gris de faldones anchos, sacó un manojo de folletos y, escogiendo uno titulado La venida de los últimos días; o No hay tiempo que perder, lo puso en las manos de Queequeg, y luego, apretándoselas con las dos suyas junto con el libro, lo miró fijamente a los ojos y le dijo: «Hijo de las tinieblas, he de cumplir con mi deber contigo; soy copropietario de este barco y me preocupo por las almas de toda su tripulación; si aún te aferras a tus costumbres paganas, lo cual mucho me temo, te suplico que no sigas siendo por siempre un esclavo de Belial. Desdeña al ídolo Bel y al dragón espantoso; aléjate de la ira venidera; ten los ojos abiertos, te digo; ¡oh!, ¡por vida de dios!, ¡mantente alejado del foso ardiente!».
Algo del mar salado aún persistía en el lenguaje del viejo Bildad, mezclado heterogéneamente con frases bíblicas y domésticas.
—Alto ahí, alto ahí, Bildad, no me eches a perder a nuestro arponero —gritó Peleg—.