conyugal, logré arrancarle un gruñido; y al poco tiempo, retiró el brazo, se sacudió de arriba abajo como un perro Terranova recién salido del agua y se incorporó en la cama, rígido como un palo, mirándome y restregándose los ojos como si no recordara del todo cómo había llegado yo allí, aunque una vaga conciencia de saber algo acerca de mí parecía amanecer lentamente en su interior. Mientras tanto, yo me quedé mirándolo en silencio, sin albergar ya temores serios y empeñado en observar de cerca a tan curioso bicho.
Cuando, por fin, su mente pareció haberse decidido en cuanto al carácter de su compañero de lecho, y se hubo, por así decirlo, reconciliado con el hecho; saltó al suelo y, mediante ciertas señales y sonidos, me dio a entender que, si me placía, él se vestiría primero y luego me dejaría vestirme a mí después, cediéndome toda la habitación.
Pienso para mí: Queequeg, dadas las circunstancias, esta es una propuesta muy civilizada; pero, a decir verdad, estos salvajes tienen un sentido innato del tacto, digan lo que digan; es maravilloso cuán esencialmente educados son.
Le rindo este cumplido en particular a Queequeg, porque me trató con muchísima cortesía y consideración, mientras que yo incurrí en una gran grosería; mirándolo fijamente desde la cama y observando todos los movimientos de su toilette, ya que por entonces mi curiosidad pudo más que mis buenos modales.
Aun así, a un hombre como Queequeg no se lo ve todos los días, y tanto él como sus maneras bien valían una atención poco común.
Empezó a vestirse por la parte de arriba poniéndose su sombrero de castor, por cierto, altísimo, y luego —todavía sin los pantalones— se puso a buscar las botas. Qué demonios pretendía con eso, no podría decirlo, pero su siguiente movimiento fue meterse a presión —con las