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LXXII

la ballena y el buque, que amenazaban con aplastarlo—, reflexionando aún más, digo, vi que esta situación mía era la situación exacta de todo mortal que respira; solo que, en la mayoría de los casos, este, de un modo u otro, tiene esta conexión siamesa con una pluralidad de otros mortales. Si tu banquero quiebra, tú quiebras; si tu boticario te envía por error veneno en tus píldoras, mueres. Es verdad que puedes decir que, extremando la precaución, posiblemente puedas escapar de estas y de las multitudinarias otras malas suertes de la vida. Pero, por mucho cuidado que pusiera en manejar el cabo de mono de Queequeg, a veces él tiraba de él de tal manera que estuve a punto de resbalar por la borda. Ni podía olvidar tampoco que, hiciera lo que hiciese, solo tenía el control de un extremo del mismo.

He insinuado que a menudo yo solía rescatar a empujones al pobre Queequeg de entre la ballena y el barco —donde caía de vez en cuando, debido al incesante balanceo y oscilación de ambos—. Pero este no era el único peligro de aplastamiento al que se veía expuesto. Inmutables ante la masacre perpetrada contra ellos durante la noche, los tiburones, atraídos ahora de manera más fresca e intensa por la sangre que antes había estado contenida y que empezaba a manar del cadáver, enjambraban en torno a este como abejas en una colmena, rabiosas criaturas.

Y justo entre aquellos tiburones estaba Queequeg, quien a menudo los hacía a un lado con sus pies pataleantes.

Cosa del todo increíble de no ser porque, atraído por una presa como una ballena muerta, el tiburón, por lo demás omnívoro, rara vez toca a un hombre.

No obstante, bien puede creerse que, puesto que tienen tan voraz interés en el asunto, se considera prudente no quitarles ojo. En consecuencia, además de la soga-mono, con la que de vez en cuando apartaba a tirones

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