—¡Cobren! ¡Cobren! —gritó Starbuck de nuevo—; está subiendo.
Las líneas, de las cuales, apenas un instante antes, no se habría podido ganar ni la anchura de una mano, eran ahora devueltas a los botes en largos y rápidos rollos, todas chorreando, y pronto la ballena rompió el agua a menos de dos esloras de los cazadores.
Sus movimientos denotaban claramente su extremo agotamiento.
En la mayoría de los animales terrestres existen ciertas válvulas o compuertas en muchas de sus venas, gracias a las cuales, al ser heridos, la sangre queda al menos en cierta medida interrumpida instantáneamente en ciertas direcciones. No ocurre así con la ballena, una de cuyas peculiaridades es poseer una estructura totalmente avalsular en sus vasos sanguíneos, de modo que cuando es perforada incluso por una punta tan pequeña como la de un arpon, se inicia de inmediato un sangrado mortal en todo su sistema arterial; y cuando esto se ve incrementado por la extraordinaria presión del agua a gran profundidad bajo la superficie, puede decirse que su vida brota de ella en incesantes arroyos.
Sin embargo, es tan vasta la cantidad de sangre que posee, y tan distantes y numerosas sus fuentes interiores, que seguirá desangrándose y desangrándose durante un período considerable; del mismo modo que en tiempos de sequía sigue fluyendo un río cuyas fuentes manan de colinas lejanas e invisibles.
Aun ahora, cuando los botes remaban hacia esta ballena y se deslizaban peligrosamente sobre sus aletas oscilantes, y las lanzas se le clavaban, estas eran seguidas por constantes chorros de la herida recién abierta, que no dejaban de manar, mientras que el espiráculo natural de su cabeza solo a intervalos, por rápidos que fueran, lanzaba su vapor aterrorizado al aire. De este último orificio aún no brotaba sangre, porque hasta el momento no se había alcanzado ninguna parte vital suya. Su vida, como la llaman significativamente, seguía intacta.