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XCIII

a la persecución; y el bote de Stubb estaba ya tan lejos, y él y toda su tripulación tan entregados a su presa, que el horizonte anillado de acuerdo al mar comenzó a ensancharse lastimosamente a su alrededor. Por pura casualidad el barco mismo terminó por rescatarlo; pero desde aquella hora el pequeño negro andaba por la cubierta hecho un idiota; tal, al menos, decían que era. El mar se había burlado al mantener a flote su cuerpo finito, pero había ahogado lo infinito de su alma. Aunque no del todo ahogado. Más bien arrastrado vivo a profundidades maravillosas, donde extrañas formas del mundo primordial e inalterado se deslizaban de un lado a otro ante sus ojos pasivos; y el tritón avaro, la Sabiduría, reveló sus tesoros acumulados; y entre las eternidades jubilosas, desalmadas y siempre juveniles, Pip vio a los insectos de coral, multitudinarios y omnipresentes para Dios, que desde el firmamento de las aguas levantaban los orbes colosales. Vio el pie de Dios sobre el pedal del telar, y lo verbalizó; y por eso sus compañeros de tripulación lo llamaron loco. Así, la locura del hombre es la sensatez del cielo; y alejándose de toda razón mortal, el hombre llega por fin a ese pensamiento celestial que, para la razón, es absurdo y frenético; y para bien o para mal, se siente entonces sin compromisos, tan indiferente como su Dios.

Por lo demás, no culpéis demasiado duramente a Stubb. El hecho es común en esa pesca; y en la continuación de la narración se verá qué clase de abandono me ocurrió a mí mismo.

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