Flotando arriba y abajo en aquel mar, la cabeza de ébano de Pip se veía como un clavo de olor. Ningún cuchillo de abordo fue alzado cuando quedó tan rápidamente a la zaga. La espalda implacable de Stubb le daba la espalda; y la ballena estaba herida en una aleta. En tres minutos, una milla entera de océano sin riberas se interponía entre Pip y Stubb. Desde el centro del mar, el pobre Pip volvió hacia el sol su cabeza negra, crespa y rizada, otro náufrago solitario, aunque el más sublime y el más brillante.
Ahora bien, con tiempo en calma, nadar en mar abierto es tan fácil para el nadador experimentado como pasear en coche de ballestas por tierra firme.
Pero la pavorosa soledad es intolerable. ¡La intensa concentración del yo en medio de una inmensidad tan desalmada, Dios mío! ¿Quién puede describirla?
Fijaos en cómo, cuando los marineros se bañan en alta mar durante una calma chicha, fijaos en lo mucho que se arriman a su barco y no hacen más que bordear sus costados.
¿Pero había abandonado realmente Stubb a su suerte al pobre negrito?
No; al menos no era su intención. Pues llevaba dos botes a su zaga, y no cabía duda de que suponía que estos llegarían muy pronto hasta Pip y lo recogerían; aunque, a decir verdad, los cazadores no siempre muestran tales consideraciones hacia los remeros que ponen sus vidas en peligro por su propia cobardía en casos semejantes; y tales casos ocurren con bastante frecuencia; casi invariablemente en la pesca ballenera, al llamado cobarde se le señala con la misma implacable aversión propia de las armadas y ejércitos militares.
Pero sucedió que aquellos botes, sin ver a Pip, avistando de repente ballenas muy cerca de ellos por un lado, dieron media vuelta y se lanzaron