que íbamos a dormir juntos, él tendría que desnudarse y meterse en la cama antes que yo.
Terminada la cena, la compañía regresó al salón del bar, donde, sin saber qué otra cosa hacer conmigo mismo, resolví pasar el resto de la noche como un espectador.
Pronto se oyó un ruido alborotado afuera. Poniéndose de pie, el dueño exclamó: —Esa es la tripulación del Grampus. Vi que informaban de su llegada a lo lejos esta mañana; un viaje de tres años y el barco a tope. ¡Hurra, muchachos!; ahora tendremos las últimas noticias de las Fiyi.
Se oyó el paso pesado de botas de mar en el zaguán; la puerta se abrió de par en par, y entró rodando un grupo de marineros de lo más salvaje.
Envueltos en sus burdos abrigos de guardia, con las cabezas embozadas en bufandas de lana, todas zurcidas y raídas, y las barbas rígidas por los carámbanos, parecían una erupción de osos de Labrador. Acababan de desembarcar y esta era la primera casa a la que entraban.
No es de extrañar, pues, que pusieran rumbo directo a la boca de ballena —la barra—, donde el arrugado y pequeñito Jonás, que oficiaba allí, no tardó en servirles copas hasta el borde a todos.
Uno se quejó de un fuerte catarro en la cabeza, ante lo cual Jonás le preparó una pócima parecida al alquitrán a base de ginebra y melaza, que juraba ser un remedio infalible para todos los resfriados y catarros habidos y por haber, sin importar cuánto tiempo llevaran encima, ni si se habían cogido en las costas de Labrador o a barlovento de un iceberg.
El licor no tardó en subírseles a la cabeza, como suele ocurrir incluso con los más empedernidos borrachos recién desembarcados del mar, y empezaron a dar saltos de la manera más estrepitosa.
Observé, sin embargo, que uno de ellos se mantenía algo al margen y, aunque parecía deseoso de no estropear la hilaridad de sus compañeros