habiéndole ordenado el Señor pregonar esas verdades inoportunas en los oídos de una Nínive inicua, Jonás, aterrorizado por la hostilidad que levantaría, huyó de su misión, y buscó escapar de su deber y de su Dios tomando un barco en Jope. Pero Dios está en todas partes; Tarsis jamás lo alcanzó. Como hemos visto, Dios cayó sobre él en la ballena, y lo tragó hacia abismos vivientes de perdición, y con veloces inclinaciones lo arrastró ‘en medio de los mares’, donde las profundidades en remolino lo succionaron diez mil brazas hacia abajo, y ‘las algas se enredaron en su cabeza’, y todo el mundo acuoso de aflicción rodó sobre él. Sin embargo, aun entonces, más allá del alcance de cualquier sonda —‘desde el vientre del infierno’—, cuando la ballena encalló en los huesos más profundos del océano, aun entonces, Dios escuchó al profeta sepultado y arrepentido cuando clamó. Entonces Dios habló al pez; y de la fría y negrora estremecedora del mar, la ballena emergió saltando hacia el sol cálido y apacible, y todas las delicias del aire y de la tierra; y ‘vomitó a Jonás en tierra seca’; cuando la palabra del Señor vino por segunda vez; y Jonás, magullado y molido —con sus oídos, como dos caracolas marinas, resonando todavía con el murmullo multitudinario del océano—, Jonás cumplió la orden del Todopoderoso. ¿Y cuál era esa, compañeros? ¡Predicar la Verdad ante el rostro de la Falsedad! ¡Eso era!
“Esto, compañeros de travesía, esto es esa otra lección; y ¡ay de aquel piloto del Dios viviente que la desprecia! ¡Ay de aquel a quien este mundo aparta con sus encantos del deber del Evangelio! ¡Ay de aquel que busca verter aceite sobre las aguas cuando Dios las ha convertido en tempestad!