Guardaos de alistar en vuestra vigilante pesquería a ningún muchacho de frente enjuta y ojo hundido; dado a una intempestiva meditación; y que ofrezca embarcarse con el Fedón en vez del Bowditch en la cabeza. Guardaos de semejante sujeto, os lo digo; vuestras ballenas deben ser vistas antes de poder ser matadas; y este joven platónico de ojos hundidos os arrastrará diez estelas alrededor del mundo, y jamás os hará ni una pinta de esperma más ricos. Tampoco estas admoniciones son en absoluto innecesarias. Pues hoy en día, la pesca de la ballena ofrece un asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y despistados, disgustados con las agobiantes cuitas de la tierra, y que buscan el sentimiento en el alquitrán y la grasa. Childe Harold no infrequentemente se encaramara a lo alto del mástil de algún desafortunado y desilusionado ballenero, y en frase melancólica exclama:—
“¡Rueda, profundo y oscuro océano, rueda! Diez mil balleneros te surcan en vano”.
Muy a menudo, los capitanes de tales barcos llaman la atención a esos jóvenes filósofos distraídos, reprochándoles no sentir suficiente «interés» en la travesía; insinuando a medias que están tan irremediablemente perdidos para toda ambición honorable que, en sus almas secretas, preferirían no ver ballenas a verlas.
Pero todo en vano; esos jóvenes platónicos tienen la idea de que su visión es imperfecta; son miopes; ¿para qué, entonces, forzar el nervio visual? Se han dejado los anteojos de teatro en casa.
—Vaya, granuja —le dijo un arponero a uno de estos muchachos—, llevamos navegando cerca de tres años y aún no has avistado una ballena. Las ballenas son más escasas que los dientes de gallina cada vez que estás tú ahí arriba.