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LXXVIII

como ya he dicho antes, mucho más pesada que el agua del mar, y cuyo trozo se hunde en ella casi como el plomo—. Pero la tendencia a hundirse rápidamente de esta sustancia se vio materialmente contrarrestada en este caso por las demás partes de la cabeza que seguían unidas a ella, de modo que se hundió muy lenta y pausadamente en verdad, brindándole a Queequeg una excelente oportunidad para realizar su ágil obstetricia a la carrera, por decirlo así. Sí, fue un parto a la carrera, vaya que sí.

Ahora bien, si Tashtego hubiera perecido en aquella cabeza, habría sido una pérdida sumamente preciosa; sofocado en el esperma más blanco, delicado y fragante; ataudizado, llevado en carroza y sepultado en la cámara secreta interior y sanctum sanctorum de la ballena. Tan solo se recuerda fácilmente un final más dulce: la deliciosa muerte de un buscador de miel de Ohio que, buscando miel en la horquilla de un árbol hueco, encontró tal y tanto exceso de ella que, al inclinarse demasiado, esta lo absorbió, de modo que murió embalsamado. ¿Cuántos, pensáis, han caído asimismo en la cabeza de miel de Platón y han perecido dulcemente allí?

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