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LXXII

al pobre muchacho de las inmediaciones de las fauces de lo que parecía un tiburón particularmente feroces⁠—, contaba con otra protección más. Colgados por la borda en una de las plataformas, Tashtego y Daggoo agitaban continuamente sobre su cabeza un par de afiladaspas balleneras, con las que mataban a cuantos tiburones alcanzaban. Tal proceder por su parte, desde luego, era muy desinteresado y benevolente. Buscaban la mayor felicidad de Queequeg, lo confieso; pero en su apresurado celo por defenderlo, y debido a la circunstancia de que tanto él como los tiburones se veían a veces medio ocultos por el agua turbia de sangre, aquellas indiscretas espadas suyas estuvieron más cerca de amputarle una pierna que una cola. Pero el pobre Queequeg, supongo, forcejeando y jadeando allí con aquel gran gancho de hierro⁠—el pobre Queequeg, supongo, se limitó a rezar a su Yojo y a encomendar su vida a las manos de sus dioses.

Vaya, vaya, mi querido camarada y hermano gemelo —pensé, mientras recogía y luego aflojaba la cuerda al compás de cada oleada del mar—, ¿qué importa, después de todo? ¿No eres acaso la viva imagen de todos y cada uno de nosotros, los hombres de este mundo ballenero? Ese océano insondable en el que jadeas es la Vida; esos tiburones, tus enemigos; esos desolladores, tus amigos; y entre tiburones y desolladores te encuentras en un aprieto y un peligro bien tristes, muchacho.

¡Pero ánimo! hay buenas perspectivas reservadas para ti, Queequeg. Pues ahora, mientras con los labios azules y los ojos inyectados en sangre el exhausto salvaje trepa por fin por las cadenas y se queda allí chorreando agua y temblando involuntariamente sobre la borda; el mayordomo se acerca y, con una mirada benévolo-consoladora, le tiende... ¿el qué? ¿Un coñac caliente? ¡No! ¡Le tiende, dioses!, ¡le tiende una taza de agua templada con jengibre!

“¿Jengibre? ¿Acaso huelo a jengibre?”, preguntó Stubb con suspicacia, acercándose.

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