al pobre muchacho de las inmediaciones de las fauces de lo que parecía un tiburón particularmente feroces—, contaba con otra protección más. Colgados por la borda en una de las plataformas, Tashtego y Daggoo agitaban continuamente sobre su cabeza un par de afiladaspas balleneras, con las que mataban a cuantos tiburones alcanzaban. Tal proceder por su parte, desde luego, era muy desinteresado y benevolente. Buscaban la mayor felicidad de Queequeg, lo confieso; pero en su apresurado celo por defenderlo, y debido a la circunstancia de que tanto él como los tiburones se veían a veces medio ocultos por el agua turbia de sangre, aquellas indiscretas espadas suyas estuvieron más cerca de amputarle una pierna que una cola. Pero el pobre Queequeg, supongo, forcejeando y jadeando allí con aquel gran gancho de hierro—el pobre Queequeg, supongo, se limitó a rezar a su Yojo y a encomendar su vida a las manos de sus dioses.
Vaya, vaya, mi querido camarada y hermano gemelo —pensé, mientras recogía y luego aflojaba la cuerda al compás de cada oleada del mar—, ¿qué importa, después de todo? ¿No eres acaso la viva imagen de todos y cada uno de nosotros, los hombres de este mundo ballenero? Ese océano insondable en el que jadeas es la Vida; esos tiburones, tus enemigos; esos desolladores, tus amigos; y entre tiburones y desolladores te encuentras en un aprieto y un peligro bien tristes, muchacho.
¡Pero ánimo! hay buenas perspectivas reservadas para ti, Queequeg. Pues ahora, mientras con los labios azules y los ojos inyectados en sangre el exhausto salvaje trepa por fin por las cadenas y se queda allí chorreando agua y temblando involuntariamente sobre la borda; el mayordomo se acerca y, con una mirada benévolo-consoladora, le tiende... ¿el qué? ¿Un coñac caliente? ¡No! ¡Le tiende, dioses!, ¡le tiende una taza de agua templada con jengibre!
“¿Jengibre? ¿Acaso huelo a jengibre?”, preguntó Stubb con suspicacia, acercándose.