embargo, ahora que la criatura estaba muerta, una vaga insatisfacción, o impaciencia, o desesperación, parecía agitarse en su interior; como si la visión de aquel cuerpo muerto le recordara que Moby Dick aún estaba por ser sacrificada; y aunque mil ballenas más fuesen llevadas a su barco, todo eso no haría avanzar ni un ápice su gran objetivo monomaníaco. Muy pronto habríais pensado, por el ruido en la cubierta del Pequod, que toda la tripulación se disponía a echar ancla en las profundidades; pues pesadas cadenas son arrastradas por la cubierta y arrojadas con estrépito por los sollados. Pero mediante esos eslabones estrepitosos, el inmenso cadáver mismo, y no el barco, es el que va a ser amarrado. Atada por la cabeza a la popa, y por la cola a la proa, la ballena yace ahora con su negro casco pegado al del buque y, vista a través de la oscuridad de la noche, que oscurecía los palos y el aparejo en lo alto, las dos —barco y ballena— parecían yugadas como toros colosales, de los cuales uno se recuesta mientras el otro permanece en pie.
Si el taciturno Ahab estaba ahora lleno de quietud, al menos en la medida en que podía saberse en la cubierta, Stubb, su segundo oficial, envalentonado por la victoria, traicionaba una excitación inusual pero aún así bonachona.
Tan desacostumbrado era el revuelo en el que se encontraba que el soso Starbuck, su superior jerárquico, le cedió tranquilamente por el momento la única gestión de los asuntos.
Una pequeña causa colaboradora de toda esta vivacidad en Stubb se manifestó pronto de manera extraña. Stubb era de buen comer; le gustaba en exceso, de un modo algo inmoderado, la ballena como algo de sabroso paladar.
“¡Un bistec, un bistec, antes de dormir! ¡Tú, Daggoo! ¡Al agua, y córtame uno de su lomo estrecho!”