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LXIV

Pero a Fleece apenas le había costado dar tres pasos, cuando fue llamado de nuevo.

–Cocinero, dame chuletas para cenar mañana por la noche en la guardia del medio. ¿Oyes? Lárgate a toda vela, entonces.⁠—¡Eh! ¡espera! haz una reverencia antes de irte.⁠—¡Alto el gancho otra vez! Albóndigas de ballena para el desayuno⁠—no te olvides.

—¡Válgame el cielo! La ballena se lo comió a él en vez de él comerse a la ballena. Me condeno si no es más tiburón que el propio amo tiburón —murmuró el viejo, alejándose cojeando; tras esta prudente exclamación se fue a su hamaca.

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