Pero a Fleece apenas le había costado dar tres pasos, cuando fue llamado de nuevo.
–Cocinero, dame chuletas para cenar mañana por la noche en la guardia del medio. ¿Oyes? Lárgate a toda vela, entonces.—¡Eh! ¡espera! haz una reverencia antes de irte.—¡Alto el gancho otra vez! Albóndigas de ballena para el desayuno—no te olvides.
—¡Válgame el cielo! La ballena se lo comió a él en vez de él comerse a la ballena. Me condeno si no es más tiburón que el propio amo tiburón —murmuró el viejo, alejándose cojeando; tras esta prudente exclamación se fue a su hamaca.