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III. La Posada del Soplador

Pero ¿sería posible que algún arponero sobrio se metiera en un felpudo y desfilará por las calles de cualquier pueblo cristiano con ese tipo de guisa? Me lo puse para probarlo, y me agobiaba como un cesto de carga, por ser inusualmente afelpado y espeso, y pensé que un poco húmedo, como si este misterioso arponero lo hubiera estado usando en un día lluvioso. Subí con él puesto hasta un pedazo de vidrio pegado a la pared, y jamás en la vida vi semejante espectáculo. Me arranqué de él con tanta prisa que me di un tirón en el cuello.

Me senté en la orilla de la cama y me puse a pensar en este arponero vendedor de cabezas y en su alfombrilla.

Tras pensar un rato al borde de la cama, me levanté y me quité la chaqueta marinera, y luego me quedé en medio de la habitación pensando. Después me quité el abrigo y pensé un poco más en mangas de camisa.

Pero empezando a sentir mucho frío ya, medio desnudado como estaba, y recordando lo que el dueño del mesón había dicho acerca de que el arponero no volvería a casa en toda la noche, dado lo tardísimo que era, no lo dudé más, sino que me salté de los pantalones y las botas, y luego, apagando la luz, me desplomé en la cama y me encomendé al cuidado del cielo.

Si aquel jergón estaba relleno de olotes de maíz o de cachos de loza rota, no hay forma de saberlo, pero me estuve dando muchas vueltas y no pude conciliar el sueño en un buen rato. Por fin caí en una modorra ligera y ya casi había puesto rumbo a los dominios de Morfeo, cuando oí unas pisadas pesadas en el pasillo y vi que sefiltraba un destello de luz en la habitación por debajo de la puerta.

¡Valióme Dios!, pienso para mí, ese debe ser el arponero, el maldito mercader de cabezas. Pero me quedé completamente quieto, y decidí no decir una sola palabra hasta que me hablaran.

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