piel de una boa. Hecho esto, vuelve la piel del revés, como la pernera de un pantalón; le da un buen estiramiento, de modo que casi duplica su diámetro; y por fin la cuelga, bien extendida, en la arboladura, para que se seque. Al poco tiempo, es bajada; entonces, cortando unos tres pies de ella hacia el extremo puntiagudo, y haciendo luego dos cortes para las sisas en el otro extremo, se desliza corporalmente en ella a lo largo. El picador se halla ahora ante vosotros investido con los ornamentos sagrados de su oficio. Desde tiempo inmemorial para todos los de su orden, solo esta investidura lo protegerá adecuadamente mientras esté empleado en las funciones peculiares de su cargo.
Ese oficio consiste en picar en pedazos menudos los trozos de grasa de caballo destinados a las calderas; una operación que se realiza en un curioso caballete de madera, hincado verticalmente contra las amuradas, y con una tina espaciosa debajo, en la cual caen los trozos picados tan rápido como las hojas del atril de un orador inspirado.
Ataviado de negro decente; ocupando un púlpito conspicuo; absorto en las páginas de la biblia; ¡qué candidato al arzobispado, qué muchacho para Papa sería este picador!