delicadas, en verdad; me atrevo a decir que no superan la media docena de yardas de cintura. Sin embargo, no se puede negar que, en conjunto, tienen derecho hereditario al en bon point.
Es muy curioso observar a este harén y a su señor en sus indolentes deambulares.
Como los devotos de la moda, están siempre en marcha en pausada busca de variedad. Te los encuentras en la Línea a tiempo para la plena floración de la temporada de alimentación ecuatorial, tras haber regresado, tal vez, de pasar el verano en los mares del Norte, burlándose así del verano en todo su desagradable tedio y calor.
Para cuando han holgazaneado un rato arriba y abajo por el paseo del Ecuador, parten hacia las aguas orientales anticipándose a la estación fresca allí, eludiendo así la otra temperatura excesiva del año.
Cuando avanza serenamente en uno de estos viajes, si se divisa alguna extraña visión sospechosa, mi lord ballena vigila atentamente a su entrañable familia. Si algún joven Leviatán, insolente sin justificación, se acerca por allí y se atreve a arrimarse con demasiada confianza a una de las damas, ¡con qué furia tan prodigiosa lo atacará el Bajá y lo pondrá en fuga! ¡Qué tiempos aquellos, la verdad, si a jóvenes libertinos sin principios como él se les va a permitir invadir la santidad de la dicha doméstica!; aunque, por mucho que haga el Bajá, no podrá impedir que el más empedernido Don Juan se meta en su cama; porque, ¡ay!, todos los peces comparten la cama. Como en tierra firme, las damas suelen provocar los duelos más terribles entre sus admiradores rivales; lo mismo ocurre con las ballenas, que a veces entablan combates mortales, y todo por amor. Esgrimen sus largas mandíbulas inferiores, a veces trabándolas entre sí, y luchan así por la supremacía como alces que entrecruzan guerreros sus astas. No son pocos los que son capturados con las