Sepa todo el mundo que, aunque estos salvajes pescadores no suelen, por lo general y según la gran máxima militar, hacer que el enemigo pague los gastos corrientes de la guerra (al menos antes de cobrar los beneficios del viaje), de vez en cuando se encuentra uno con que algunos de estos hombres de Nantucket sienten una auténtica debilidad por esa parte concreta del cachalote que Stubb designa; la cual comprende el extremo afilado del cuerpo.
A eso de la medianoche aquel bife fue cortado y cocinado; e iluminado por dos linternas de aceite de esperma, Stubb se paró firmemente a disfrutar su cena de espermaceti en el tamborete del cabrestante, como si ese cabrestante fuera un aparador.
Ni fue Stubb el único banquetero de carne de ballena esa noche. Mezclando sus murmullos con sus propias masticaciones, miles y miles de tiburones, agolpados en torno al muerto leviatán, se dieron un banquete ruidoso a costa de su gordura.
Los pocos que dormían abajo en sus literas se veían a menudo sobresaltados por el chasquido agudo de las colas contra el casco, a pocas pulgadas de los corazones de los durmientes. Asomándose por la borda apenas se podía verlos (tal como antes se les había oído) revolcándose en las sombrías y negras aguas, y dándose vuelta sobre sus espaldas mientras arrancaban enormes trozos globulares de la ballena del tamaño de una cabeza humana.
Esta hazaña en particular del tiburón parece poco menos que milagrosa. Cómo en una superficie en apariencia tan inexpugnable se ingenian para sacar a gubia bocados tan simétricos, sigue siendo parte del problema universal de todas las cosas. La marca que así dejan en la ballena puede compararse mejor con el hueco que hace un carpintero al avellanar para un tornillo.
Aunque en medio de todo el horror humeante y el diabolismo de un combate naval, se ve a los tiburones contemplando con anhelo las